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Un vaso de cianuro.

Un vaso con cianuro. Engullirlo y olvidarse de la noticia sobrecogedora. Todo comenzó con unas molestias en la próstata. Para él que había escalado y montado en bicicleta por los lugares más nemorosos de América, el dolor que lancinaba sus partes nobles, requería de una pronta solución. Torvo entornó sus párpados hacia el veneno benefactor. Le ahorraría los padecimientos de un cáncer de próstata. Horacio temía el deterioro y el dolor. Por otra parte, como le recomendó su galeno.- No debería montar en bicicleta, señor Quiroga, porque esa parte la tendrá molesta después de que le hagamos la operación.


El médico de nariz ganchuda como la de un alcaudón, le miró expectante más allá de sus lentes, sucias. Despaciosamente se elevó.- Si se lo hemos cogido a tiempo tiene cura.- Era una declaración rutinaria, ambos sabían que su enfermedad era terminal - Es un cáncer que padecemos con la edad todos los hombres.-  Triste consuelo, pues el gran escritor uruguayo que creció en la Argentina como au…
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El Gabinete del Doctor Caligari

Imágenes con planos inverosímiles, escenas que rayan y traspasan la locura, en la que unos orates se despliegan con los pies ligeros por los distintos rellanos y salas de un gabinete, que es una expresión suprema de los tiempos alunados que les toca vivir a los alemanes y en general al mundo, en los años 20. - Pasen y vean.- dice un lunático con mirada errática. - Un, dos, tres.- despierten.- ¡ Por favor, no se dejen hipnotizar, y tengan cuidado si son sonámbulos!- Por más que lo intenten están en el Berlín de los años 1920. Se ha desatado la pasión por vivir, la droga se consume como mejor narcótico que una realidad alienante, y en la ciudad se trata meramente de sobrevivir. Nada de sortilegios ni pensamientos mágicos. Todavía no han florecido los cabarets, que marcan el canto del cisne de la República de Weimar, hermosa hasta que el auxilio de las finanzas americanas se corta de raíz, por la Gran Depresión. Las negras negociaciones de Versalles abocan al país a una deuda asfixiante …

Julio Sosa y el alma de Buenos Aires

Buenos Aires, la Babilonia americana, que creció y creció en el período finisecular, para transformarse en la colmena abigarrada, capaz de cumplir los anhelos de toda clase de soñadores. Porque habían llegado en tropel a América desde toda clase de balconadas, humildes, patrimonios más aseados, lo que produce cierto vértigo y porqué no decirlo, desasosiego, al observar cómo las expectativas luego fueron demasiado efímeras. Editoriales que marcarían la pauta sobre cómo hacerlo de forma estupenda en el mundo del libro, alfoces completos que casi se constituían por naciones - a vuelapluma, evoquemos aquel episodio donde en La Boca se arrió la bandera italiana tras arduas negociaciones- o lo fácil que era hacerse con una alfombra de los amigos turcos, después del cambalache correspondiente.- Siempre oferta la mitad de lo que quieras pagar.- Nos aleccionaban los familiares en cuanto nos adentrábamos en sus calles, un trasunto del dédalo de las que abandonaron.  En realidad, más que turcos,…

1280 almas

Una retórica desusada por su crudeza, nos transporta a un Sur de Estados Unidos salvaje, que en los albores del siglo XX - el autor nos da sucesivas pistas y parece que la acción transcurre cuando los bolcheviques están tomando el poder en Rusia - da muestras de un racismo que se manifiesta en 1280 almas sin ambages ni velos. De hecho, en algunas escenas se piden abonos extras para cualquier tarea en la que se hallen los hombres de color incriminados, o el título de la obra también da pie a las disputas, cuando a su protagonista principal le rebaten parte de la importancia del cargo que ostenta, porque dentro de esas almas de su condado, no caben en la cuenta los negros. 

"—Si —dijo Buck, volviéndose hacia mi—. Mira, Nick. Los mil doscientos ochenta comprenden también a los negros, porque los leguleyos yanquis nos obligan a contarlos; pero los negros no tienen alma. ¿Verdad que no, Ken?
—Muy cierto —dijo Ken."



Un sur imaginario pero al mismo tiempo tan acre como la realidad. Ya…

Los ricos también lloran

Isabel, Isabel, te llamo y no me contestas.-Quejicoso le salía un hilo de voz al provecto hombre que venteaba aquellas cuitas al espacio de nadie. Solitario vagó por la remembranza de sus palacios. ¡Qué fue de los valses dulzones de la gran sala, donde brillaban las charreteras del viejo emperador, él mismo! Parecía que ella todavía le sonreía allí, bajo la lámpara de araña maravillosa que como Aracne tejía el tiempo y lo paraba para aquellos que se refugiaran bajo su protección. Recordó entonces cómo en la lontananza la camarilla del emperador vigilaba a su majestad, y crearía ipso facto una cápsula de seguridad para velar cualquier amenaza. Caprichoso tiempo, que había tornado su rostro en un pergamino e hizo que ella se fuese de forma tan acre. Francisco José I de Austria nunca había sido coqueto, salvo al toparse con una linda Isabel, princesa rebelde de una hermosura indecible. Mientras giraban en la gran sala, el mundo se convertía en un espejismo ajeno a su amor.




Pero aquel oro…