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Entradas

El señor Voynich

A ver cuándo nos arreglan el tejado.- Bufó aquel ser envuelto en ropajes que desprendían mucho hedor. El caballero alzó no obstante su sombrero a guisa de saludo.- Pasamos un frío de la leche, señor.- Siguió venteando el giboso sus desdichas, en un inglés que solamente farfullaba. En el Colegio de Jesuitas de la Villa de Mondragone, Fray Basilio era el único que chapurreaba la lengua de Shakespeare. Pero tanto tiempo metidos en disquisiciones teológicas, para que llegase aquel extraño con aires de erudito.
- No se preocupe que podemos hablar el italiano.- Le dijo conciliador el extranjero embutido en un gabán de buen paño, que transmitía calor con sólo mirarlo. Y el monje comenzó a reír como una criatura mitológica; una gárgola, que anquilosada más que en un amarillo, era un jaramago que cubría toda su piel. El foráneo le golpeó en la espalda para que no se atragantase.- ¿ No puede parar? ¿Qué le hace tanta gracia de lo que le he dicho? - Todos vienen a lo mismo, a saquear a la Iglesia,…
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Un secuestro y el cadáver de Evita.

Soñaron con despedazar al fauno en un bautismo, que conmocionaría al país. - La pagarás, Aramburu, no sabés cuánto. - La caterva de revolucionarios esgrimía complacida mientras acordaban los últimos detalles del secuestro, que aquél era  el bautismo de sangre deseado. Asimismo, uno de los puntos más arraigados de todas las reuniones llegaba cuando discutían sobre uno de los cadáveres más enigmáticos y bellos que pululasen por el mundo. Todo un mito en una Argentina, que se había deslizado por el precipicio del desastre económico debido a causas todavía muy discutidas. En pleno apogeo, la mujer tuvo que renunciar a la vicepresidencia, pues la enfermedad avanzaba con pasos desmedidos, un cáncer de útero fulminante. Hasta que la muerte, su embalsamamiento, le hizo girar en un tour macabro que duraría años. También cuenta la leyenda que varias copias de cera, recorrían el mundo para despistar a los adversarios. ¿ Dónde se hallaban realmente los restos de Evita Perón se había convertido en…

Lo que queda del día

Una profesión abnegada, en la cual la palabra dignidad está cargada de connotaciones, que se nos escapan pero que el mayordomo protagonista nos ilustra con una historia narrada por su padre. ¡ La parábola del buen criado! Un sirviente, algo más, que ha de preparar un comedor y que a bote pronto se encuentra con un tigre moribundo bajo la mesa. Más peligroso si cabe, cuando la bestia se muestra arrinconada, por lo que el sirviente acude a la mesa de su amo, y con toda la firmeza, flema podríamos decir dadas las circunstancias, le informa de la llegada del incómodo visitante. Pero que "no se preocupe", pues al fin y al cabo, el fiel sirviente enristra un rifle, con el que pone término a la vida del depredador. Todo para que la mesa se ponga sin retraso como estaba previsto. A cualquiera le viene a la mente, el estropicio, la sangre que mana de la bestia, sin embargo, el criado de inconmensurable templanza, lavará la zona, que lucirá como si nada hubiese pasado. 



Es importante …

Roswell

- ¿ Dónde estaban los duendes? - Con aquel eufemismo, el investigador aludía a los presuntos cuerpecillos de los extraterrestres, para poner en tela de juicio a su interlocutor. Interrogaba al propietario de una funeraria, que se sumaba al carro de testimonios de aquellos días, lejanos en el tiempo. Porque en cualquier caso, habían pasado más de treinta años, y en torno al Incidente Roswell (1947) se había cernido un telón del misterio, que se volvió a alzar con las declaraciones de un testigo, que reconocía que el material hallado, no correspondía a ningún tipo de materia conocida en nuestro planeta. Aquel evocaba entre caladas que daba a una colilla moribunda, que la especie de metal, por lo menos en apariencia, tenía memoria. Esto es, que cuando se doblaba el mismo, recuperaba enseguida su anterior posición. Otros militares implicados en el caso Roswell afirmaron treinta años después, que habrían intentado deteriorarlo por abrasión pero aquella pieza no cedía un ápice de su aspecto…

La trilogía transilvana

Carruajes van y vienen sobre un terreno inhóspito, lleno de polvo, donde las rodadas y las mariposas que revolotean, le son variaciones extrañas de una realidad de la que intenta abstraerse. Demasiada agitación que palpita por aquellos vericuetos encajonados entre los Cárpatos, por los que discurrió el mismo Conde Drácula, y que le distraen de unas decisiones que ha de tomar. Se dejaría llevar por  la dulce modorra, más propicia para lo que tiene que decidir, pero Abalint Abady el personaje de la Trilogía transilvana, reconoce a todos los que dejó tras su marcha en busca de mundo (a los que por supuesto asocia con recuerdos indelebles). Le volvió a trastocar el rumor de las invenciones de autores sajones que enfermizos, se detienen en lo anecdótico. Desde la publicación de Drácula, andar por la Europa más sofisticada, le traía sonrisas como si él, un noble húngaro saliese del ataúd, aunque sobre todo, dar explicaciones de cómo era Transilvania, le sacaba de sus casillas. ¡ No vivían e…