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Entradas

Luis Cernuda,un aura de soledad

La sombra pérfida de su hermana se derramaba por la floresta del patio, cuando le hubo amenazado con desflecar unas cuantas hojas más de Madame Bovary para martirio del joven Luis, que huía de las horas más plúmbeas asaltando la " capilla literaria" que el padre, el General de Brigada Bernardo Cernuda y Bauzá, guardaba con celo. Adusto hasta las más insondables consecuencias, el militar había prohibido a su progenie entrar en la biblioteca en su ausencia.- ¿ O juegas con nosotras, o acabo con este libro, Luisito? - La hermana cruel enarboló un libro de viajes de Roma, el preferido del futuro poeta y en el que se recrea durante las siestas interminables de una Sevilla, que se derrite con la canícula de julio. - Te lo digo en serio, sube con nosotras a la azotea.
- Si dejas el libro encima del banco.- Lo dijo Luis con el aplomo de quien desarticula una banda de maleantes.- Luego las tijeras.-  Las tijeras - pistolas cayeron con estrépito.-  Cuidado, que vas a despertar a madre,…
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Rambal, mago del teatro.

Era una tarde vaporosa y chubascosa de invierno. El frío se le había metido en los huesos, y la recoleta sala de cine prometía el calor humano, un buen resguardo para las inclemencias. Pero el padre iba con una sonrisa cincelada porque se imaginaba que tamaña sorpresa, no unas vulgares entradas de cine, provocaría la algarabía en sus retoños.  Convencido del éxito,  discurrió presuroso por los cascotes que flanqueaban todo el alfoz de Argüelles. Fantasmas de la guerra que si se aguzaban los sentidos, aullaban sus penas. En cualquier caso,  la vida cuando la muerte había estado tanto tiempo acechante, se abre paso a trompicones. Seguidamente Gerardo subió las escaleras con grandes zancadas, y aporreó la puerta. Escuchó al fondo las pisotadas ligeras de sus niños.- ¡Abrid niños, que es papá!- Tenía las llaves en el fondo del gabán y entre gurruños de papel de la oficina. Pese al amago de los hijos, su mujer le franqueó  finalmente la puerta. - Os he dicho que no abráis la puerta, chicos…

La invasión de Welles.

"Señoras y señores, interrumpimos nuestro programa de baile para comunicarles una noticia de último minuto procedente de la agencia Intercontinental Radio El profesor Farrel del Observatorio de Mount Jennings de Chicago informa que se ha observado en el planeta Marte algunas explosiones que se dirigen a la Tierra con enorme rapidez... Continuaremos informando”. Crepitaba la noche en el granero de los Jenkins, donde se recogían al finalizar la jornada, con el objeto de escuchar la radio. El mayor de los Jenkins con la jeta completamente ajada, se había asomado al cielo en el que titilaban las estrellas y rumiaban en silencio una soledad de millones de años.  ¡ Nada extraño! Aquella noche habían llegado tarde a la serie de adaptaciones literarias que un joven revisionista, un tal Welles, llevaba a cabo por su ¿secreto amor por los clásicos? A Mrs Jenkins no le gustaba leer, pero como buena curiosa, gracias a aquellas retransmisiones se había dado una buena patina de cultura. Marga…

Alfonso Sastre, ¿una criatura de Bloch?

El Café Gijón envuelto en las brumas de los cigarrillos y de sus desesperanzas. Asoma por allí un joven hirsuto, enlutado, que fuma como un cosaco y que de vez en cuando se toma un carajillo. Extraño, garabatea notas que parecen aprehender la sustancia etérea que conforma la literatura. Su camisa negra, una mirada lacónica que no deja adivinar un atisbo de lo que desconsuela o en su caso anima, despierta el interés de la concurrencia. Ajeno al nuevo visitante, Don Camilo José Cela diserta sobre el gafe, no ha llegado al El Cipote de Archidona que alumbrará las crónicas sexuales y del disparate en años venideros, cuando uno de los contertulios del gallego, pellizca a su compañero. Todo un sacrilegio porque Cela tiene una aureola mágica al estar prohibidas parte de sus obras. - ¿Quién es ese solitario? - Le bisbisea con tal de no afrentar al futuro nobel.
- Alfonso, Alfonso Sastre.- El interfecto brama volutas de humo en una faz de fauno. Creativa, pero la mar de embrutecida a pesar de s…

Caballo de batalla.

Preséntate aquí, cabo patoso! - Me acerqué despavorido, al escuchar el rugido de Oh,  capitán,  mi capitán. Un poco de sorna no está de más porque todos esos juegos de disciplina me habían cogido algo talludito. Con el sobresalto casi tiré mis gafas de pasta de carey. Un jeribeque a lo Harold Lloyd me salvó sin embargo de tan enojoso trance, y de no ir a tientas hasta que tuviese repuesto. - Sabes que eres un meapilas, que me joden los tíos listillos como tú, pero hoy es tu día de suerte. Vas a servir en el comedor y cuidado, que tenemos una visita distinguida. -    ¿ Quienes nos visitan, mi capitán? - Cometí el desliz por mi afán de enterarme de todo, una especie de complicidad. Ni por esas se ablandó el corazón de espartano del capitán Yáñez,  ya que su lengua afilada volvió a reverberar una lista de improperios, que nos ahorraremos por falta de espacio. Como la grana, saludé y me fui  a cambiar ¡ Trágame tierra! Del mono de cocina a una chaqueta blanca. Una letanía de instruccione…