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El Aleph


-          A mí me pasa con la literatura argentina, lo mismo que con la rusa.- Sentenció con ojos azogados José Manuel, bohemio de chilaba y perilla, con el que conversaba morosamente sobre libros. Esbozábamos sonrisas ya que nuestros comentarios se alimentaban de una clandestinidad que a los demás se les hacía plúmbea en un difícil entorno, como el que representa el parque donde juegan nuestros niños, veteado de sobresaltos. ”Marta, no pases por el carril bici” reconvenía a sus hijas con los brazos abiertos y dando tortazos a diestro y siniestro, como padre solícito y molino gigante. “La torta antes que el accidente” me dijo quijotesco José Manuel, sabedor que el método de la torta estaba algo trasnochado, aunque era eficaz cuando los niños se empecinaban en hacer algo peligroso.  A pesar de aquellos sustos “macanudos” mascullábamos entre dientes o destilábamos una flema, que sólo los dos entendíamos porque estaba fijada por un diapasón y una clave literaria. Él se había agarrado con nostalgia a los últimos reductos del libro de papel, en parte por su olor y su tacto, que se adensaban en las manos. En una faceta menos reconocida de él, puesto que como protoanarquista le costaba suscribirse  a los gremios,  había rechazado los libros electrónicos, dado que entendían que inhumaran al papel y su mujer trabajaba en una biblioteca. Otras veces habíamos hablado de que la tarea de Leticia no se debía ceñir a ordenar libros, que no era labor prosaica ni mucho menos. Su fornida mujer hacía estupendas monografías, que como la de los cafés en Madrid, conmovió a la amalgama de bultos que nos movíamos en la oscuridad. Ella en el círculo de luz, pasando las diapositivas, nos transportó con su emoción al Fornos de Valle Inclán y del literario torero Juan Belmonte. Nerviosa, me preguntó luego qué me había parecido su disertación, con la expectación de escuchar a una suerte de oráculo literario.

-         -  La rusa con los patronímicos también es difícil de leer. – Le repuse con los ojos fijos en mis hijos, que se movían por el tobogán como arañas, escalando por donde no debían así que me veía ensayando mi vozarrón de contralto.- Pero te perderás maravillosas obras en ambos casos.
-          - Lo sé, Muna, pero piensa, por un momento. Una novela salpicada de “llamados”- Agravó el acento porteño y hubo sonado más a “sssamados”.- Coches que se manejan, la garúa, en fin no puedo. Y fíjate que lo he intentado. Por ejemplo, hace poco leí una traducción de un uruguayo de una novela de intriga francesa de principios del siglo XX, no recuerdo cómo se titulaba.
-          - ¿Arsene Lupin de Maurice Leblanc? Es menos conocido que Conan Doyle, que era un gran espiritista. De hecho, sospechan que estuvo detrás de las artimañas del Hombre de Piltdown.- Se reflejó la extrañeza en las pupilas de mi amigo, que se agitaron levemente.
-        -  No, era el gran.- Sus palabras se alargaron como sombras sobre un acertijo.
-          - ¿El gran Meaulnes?.- Adoro este juego de adivinanzas literarias.
-          - Creo que no, pero espera un momento ¡Claudia, por favor!- Objeto de una gran fiereza, se revolvió y voló resoluto con sus rastas hacia donde estaba su hija, retozando en el barro.- Luego mamá nos va a regañar a los dos.- Elevó su entonación, y le pegó un buen rapapolvo a la niña, que le miraba cariacontecida, descifrando más que las palabras de su progenitor, los gestos. Con esfuerzo,  José Manuel logró recomponer el vestidito de la niña, borrando cualquier rastro de cieno. Y volvió a mí con una sonrisa, como si no hubiese pasado nada.-  Decía un párrafo, Muna, algo así como que “manejaba el carro en medio de la garúa, sin moderar su enojo porque la mina le había dejado piantado”. Y sólo es un párrafo, así, un libro se te hace duro.
-          - Pues fíjate que te recomendaría a Borges.
-          - Intenté leer algo de él, pero no. Sé mis limitaciones, nada de literatura rusa ni argentina.
-          - Aparte de un castellano pulcro, quizá el mejor escrito y me da rabia porque ni siquiera escribió una novela, Borges tiene una imaginación que te sorprende. Te recomendaría El Aleph, a ti que te gusta tanto la ciencia ficción, seguramente el mejor relato de ciencia ficción que se haya escrito.
-          - He desistido, Muna de verdad, no soporto el lunfardo. También me recomendaste el cine, pero me cuesta mucho engancharme a sus diálogos.
-          - También es verdad que he escuchado mucho tango. A mi padre le encantaba Julio Sosa, vulgar imitador de Gardel para algunos, pero con mejor voz.
-          - Lo ves, tú estás acostumbrado al lunfa.- Dijo con desdén fingido.- Y hasta no te chinan las películas. 

Mientras nos íbamos recogiendo cada uno a nuestras casas, y la neblina se cernía sobre la Calle Ríoja impetrando  a la noche, cuyo polisón no se acababa de conformar, yo seguía con mis disquisiciones literarias. Era cierto que las novelas rusas pueden generar desazón, porque la confusión que nos generan sus personajes  abren un abanico de argumentos que crecen en la mente del lector.  Creamos intrigas ajenas a las intenciones del autor, con la panoplia de nombres que despliega cada uno de sus personajes, desde luego. José Manuel se perdía Crimen y Castigo, Guerra y Paz, a Borges, a Los siete locos del gran Robert Artl, Diario de la guerra del cerdo de Bioy Casares, la talentosa sombra borgiana. Embebido en aquellos pesares, hasta que el rostro fofo de mi hija, que se estaba cagando me arrebató tan sumo deleite.- Vamos rápido a casa a cagar.

Aunque la historia no acabó aquí. Unos días después, recibí un paquete inesperado de Amazon. Como siempre, me cogió con un chándal lleno de lamparones y como tampoco sabía si mi mujer habría hecho algún pedido, firmé para que el de Seur no se “fuese con el pantalón de cuadros”. Tampoco sé la razón por la que lo abrí, un íngrimo secreto rodó en la pieza, y descubrí que era una mezcla de joyería y tecnología. Luego vi que el envío era para mí, de parte de José Manuel. ¿Qué clase de broma era ésta? Azuzado aún más por la intriga, lo monté curiosamente sin plano de instrucciones, como si una fuerza interior me inspirase cómo encajar las piezas. Y de pronto encajé el botón de una pieza lapislázuli, para que aquello secretase una serie de ruidos cuando de improviso empezaron a bullir una serie de imágenes que sobrevolaron por la estancia para enmudecerme. Así que el Big Bang no era del todo cierto, de pronto supe dónde se hallaban todas las tumbas faraónicas y qué era en realidad la materia oscura. También por qué Ludendorff había flaqueado en aquella ofensiva cuando había abierto un boquete en las defensas de los aliados, y supe que gracias a aquel punto omnisciente, nada del pasado, presente o futuro, quedaría sin el concurso de su ojo indiscreto y por tanto de mi conocimiento.


El Aleph, tiempo y espacio desentrañado.


¿Qué daríamos los curiosos insaciables porque absolutamente todo nos fuese desentrañado? ¿Existió Sócrates, o era un lerdo al que su mujer, Jantipa, como fiel apuntadora le revelaba las entrañas de la filosofía? Igual que en la escena de los besos de Cinema Paradiso, miraba a la miríada de imágenes con incredulidad. Así que ¿así era todo?, me pregunté con embeleso. Pero me volvían  a surgir nuevas preguntas a raíz de lo revelado. Nunca acababa de consolarme, dudas y más dudas, nuevas es cierto. Quise agradecérselo a José Manuel, aunque  sondeando hasta el lugar más ignoto del Aleph,  el engendro callaba, se envolvía de un mutismo como si mi amigo lector nunca hubiese existido. Un día fui a preguntar al Centro Cultural por Leticia, y efectivamente se había marchado hacía unos meses. Aquel hilo de la intriga de poco me sirvió. Nada reflejaba el espejo del Aleph referente a mi amigo. Intenté en vano, sonsacar a los padres del parque si se acordaban de aquel tipo con perilla y rastas. No lo habían visto en su vida. Especulé entonces, podría ser que José Manuel, de hecho era informático, hubiese reprogramado el ingenio mecánico, para que no pudiese indagar en su vida. O finalmente, que la máquina no fuese más que un reflejo de mis propias convicciones. Mi desazón llegó a cotas inimaginables, cuando un día, el bicho omnisciente apareció en una caja de juguetes mientras recogía la habitación de los niños. Alarmado, intenté encenderlo, estaba pisado y roto. Me quedé con la incógnita pues el engendro estaba yermo de imágenes. He de decir que no todo lo que vi se ha cumplido y otras cosas, sí se desarrollaron como vaticinó el cacharro. ¿Será porque el conocimiento del futuro, altera su transcurso? Teoría de la relatividad pura. Hasta la próxima. Si se portan bien, les prometo que le contaré la versión de las cosas del Aleph.

Comentarios

  1. Lástima que tu amigo desapareció y que el juguete se rompió. Es como para componer un tango tristón, llenos de ventanales opacos de llovizna. Si tu amigo aparece dale a leer Leopoldo Marechal: "El Adán Buenosaires". Con lo demás va seguir solo. No va a volver a acordarse de Borges, vas a ver.

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  2. Pues tomo nota del autor,que no conozco.Muchas gracias por abrirme nuevas ventanas que nos permiten bocanadas de aire fresco.Quizá a falta del Aleph,sean más placenteras buenas dosis de literatura.

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  3. Fantástica narración de tu cosecha inspirada por el genial cuento de Borges. Y sí, yo también pienso que si se pudiera conocer el futuro ese hecho mismo lo transformaría. Por cierto, en uno de mis poemas menciono el áleph, pero el número matemático, que es el ordinal inicial, no el Aleph artefacto que Borges imaginó como motivo central de ese cuento filosófico tan complejo que sólo una mente privilegiada como la suya podría haber pergeñado.
    Comparto tu entrada, querido Sergio, que ya en adelante entraré mucho menos por internet y con menos tiempo y no sé lo que podré leer. Besos y disfruta del finde :-))

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  4. Muchísimas gracias,Mayte,envíame el poema o republicalo,que conociendo tu calidad poética,será tan distinguido como merece Borges.Un abrazo y cuidate.

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