sábado, 16 de abril de 2016

Un año en el otro mundo


Podría parecer a tenor del título, Un año en el otro mundo, que Don Julio Camba regresase de ultratumba con sus manos lechosas y entre cendales de neblina, para relatar sus experiencias del otro mundo a los vivos. Algún lector fantasioso, trémulo y lleno de congoja, creerá atisbar la voz de la medium, que nos impreca para que nos acerquemos a la luz y escapemos de la seductora estampa del señor Camba, pero sobre todo de su facundia que como una telaraña atrapaba a sus lectores, que más que eso, eran verdaderos devotos. Danzamos en nuestra imaginación feraz entre las hileras de tumbas de La Almudena, hasta que por ensalmo se disuelve el recuerdo del periodista y escritor, que sobrevuela las azoteas de Madrid, para convertirse en el eco de nuestro aburrimiento. Porque más que un año, ha transcurrido un siglo desde que Don Julio escribiese sus crónicas americanas para ABC, por lo que a ese lector que estaba adormilado, se le desembotarán los ojos como si hubiese recibido un sopapo repentino. Azuzado por la curiosidad, mala compañera aunque nos entretiene lo suyo, se preguntará porqué el enviado especial del rotativo de los Luca de Tena  hablaría del otro mundo cuando en realidad se refería a la Gran América, amarradero para los mayores soñadores de entonces y del presente.

Creemos de todas formas que cuando lea este hato de artículos que el autor de La ciudad automática recopiló para dar gusto a su legión de lectores y también para llenar sus bolsillos exangües de algo de peculio, más que chocarle las estampas neoyorquinas de entonces, le asombrará cómo nuestra forma de pensar se ha ido acercando peligrosamente a la americana y la suya, apenas ha variado. En algunos casos para bien, puesto que la globalización nos ayudó a escapar de nuestros localismos más claustrofóbicos y en otros, hemos olvidado nuestros referentes más mediatos: sin pecar de ser en exceso sotanudos, reseñemos que las líneas se han desdibujado mermadas por una porosidad cultural, que hay que valorar sin apriorismos maniqueos. John Maynard Keynes escribía a principio de siglo XX, que el ciudadano británico medio podía desayunarse el té indio en una loza francesa, y tomarse una onza de chocolate suizo mientras se madruga con las noticias que vomita un aparato de radio alemán. En nuestro caso, suenan los arpegios del bandoneón de Ernesto Baffa o de una cantante de fado hermosa y cetrina como Ana Moura, en una tarde lluviosa madrileña, a la vez que aporreamos una computadora japonesa en un intento de acabar con decoro una buena porción de líneas. Cuando Camba escribía, por aquel entonces, Nueva York ofrecía al abrumado viajero europeo una impresión de ciudad mecanicista y la denominada primera globalización daba sus últimos estertores con la Gran Guerra

El mundo soñado por Karel Čapek en RUR, obra fantástica y terrorífica, que anticipaba la rebelión de los androides mucho antes que Stephen Hawking y que sobre todo, brindó a la humanidad el neologismo de robot que desde entonces es el más recurrido para llamar a los autómatas, cobraba vida en Nueva York. A Don Julio le invade una sensación extraña cuando el gentío se mueve con perfecto sincronismo, que para el profano en los arcanos de la ciudad de los rascacielos, le llevan al borde del síncope por tanto frenesí medido. Plataformas móviles que le transportaban de un lugar a otro como si la ciudad ejecutase un ballet coordinado; un tranvía que chirría para aparecer de repente de entre los grandes edificios y que viene realmente de la nada; los autobuses ¡¡¡qué para colmo, son puntuales!!!  -  no obstante, se lleva algún pisotón que otro en el suburbano y se queja amargamente de que los codos salen a pasear más de la cuenta entre gentlemen. Las fábricas-  EEUU es el Olimpo del sistema fabril y Henry Ford su profeta-  reclaman en otro lugar la atención de nuestro curioso compatriota que observa ese compás riguroso que también se traslada a aquel entorno y que apenas permite tomar resuello al obrero . Recordemos que el inefable Chaplin reflejó con mucho realismo en Tiempos modernos. los excesos del taylorismo y de la Organización Científica del Trabajo llevados a extremos. 



Chaplin, el artista de los mil veinticinco dólares a la semana.


Aflora en sus artículos por otra parte la franqueza descarnada del americano medio, del que hace un retrato demasiado acre quizá. Una especie de Mr Danger como el personaje de la novela Doña Bárbara de Rómulo Gallegos, fanfarrón que sólo sabe hablar de cifras y de dinero. Algo violento en las ademanes para el gusto europeo, raro es según el señor Camba no escucharle vociferar por razones que se le escapan a uno y que luego cabría interpretar como alegría ( se hizo una telenovela de Doña Bárbara que no le llega a la suela de los zapatos a la obra literaria). Sin mayores preámbulos nos interpelan con cuánto dinero ganamos, por  si nuestro caché es tan irrisorio que no merece la pena seguir departiendo con un don nadie ( son apreciaciones de Don Julio). Pero quizá lo que más enojo le produzca y de lo que más se queje el insigne periodista, sea de que se mida el talento en el fiel de la balanza del dinero. Sale a colación Caruso, (primer hit parade de la historia, con los balbucientes gramófonos),  que agota las entradas de sus espectáculos americanos porque es el artista que se anuncia como el cantante lírico que cobra más de mil dólares por cada representación. Nadie habla de sus indudables cualidades líricas, si no está por medio el marchamo de un gran contrato, el artista no merecerá la pena. Así, se barajan en los artículos de Camba cifras mareantes por entonces, como los 1025 dólares por semana que percibía el célebre actor británico, Charlot. 

Es curioso, aunque el mismo Don Julio como buen cinéfilo se mostraba muy preocupado por el futuro del cinematógrafo -  se utilizaba esta palabra tan pomposa para el invento de los hermanos Lumiere- porque como refleja en este prontuario de artículos, el humor americano es muy físico, y está dejando su impronta en el cine en tanto se impone en el gusto del gran público, que lo demanda en cualquier lugar del orbe. Hasta Lenín lo consumía sin poner reparos por tratarse de cine capitalista. Un señor orondo contrapuesto a uno extremadamente delgado sin mayores argumentos que medien, más las carreras de los héroes despavoridos, como Buster Keaton o el gran Roscoe Arbuckle, restaban en opinión del corresponsal de ABC la hondura que se le presumía a un arte, el séptimo, como el cine. Sin duda, delataban las producciones americanas el ansia de soltar lastre en forma de metraje, para recaudar lo más prontamente posible. De esta forma, los guiones resultaban muy poco esmerados ( ¿¿¿ no nos suena esta diferente óptica y la denuncia del cine excesivamente comercial de Hollywood por parte de la clase intelectual europea???). La idea de improvisación de la que nos habla el articulista español coincide en parte con la imagen que nos transmiten obras serias que relatan las vivencias del período de los pioneros del cinematógrafo. Era verdad, como reseñaba el gran Camba, que los cineastas americanos no se quebraban mucho la cabeza y en las primeras producciones se apostaban a las puertas por ejemplo de la estación de bomberos, para seguir la estela del camión en cuanto acudía a un siniestro. Llevaban a su protagonista para que fingiese mientras trabajaban los bomberos, las cabriolas más fantasiosas, que despertaban el interés de un publico, por supuesto mucho menos exigente que Don Julio.Unos exteriores muy improvisados y baratos. 

La mecha del éxito inmediato prendió en medio mundo, y las películas se filmaban con rapidez para pasar raudos por caja. Años más tarde, nos sorprendió una crónica imbuida de tristeza, en la que nuestro periodista analizaba la irrupción del cine sonoro, que desandaba mucho camino del llevado a cabo por los protagonistas del séptimo arte hasta entonces. Decía con arrobo y melancolía, que el sonido y las conversaciones acabarían en primer lugar con la universalidad gestual del cine. La tristeza y la alegría se plasmaba con carantoñas que para el lenguaje actual del cine pecarían de histrionismo. Las traducciones, como buen traductor, se dejarán buenos jirones entre los intersticios semánticos de los idiomas. Y las conversaciones desviarían nuestra atención en la pantalla a otros lugares, Este análisis que sorprende a priori, luego adquiere matices que nos ayudaron a entender el complejo ensayo Galaxia Gutenberg. La costumbre nos hace aprehender lo que ocurre en la pantalla de una forma predeterminada. 

Por último reseñar dos cosas que consignó el protagonista de nuestro post. El apego de los americanos por la tecnología, de hecho, un profesor reconoce a Camba lo poco que se lee en su país en general y casi nada de poesía, pese a que cuenten en su nómina con notables vates. Aduce algo confuso el docente, que el americano es perezoso y que las páginas y los libros le parecen algo vetusto, que ellos son un pueblo que aman la tecnología ( ochenta años después vino Apple). Si se le brindase a ese granjero la oportunidad de escuchar un libro o poesía a través del gramófono, atraído por la novedad, seguro que se enganchaba a lo que él consideraba más elevado, como era la profesión de invocar  a Safo . A todos se nos ocurre Walt Whitman. cuando hablamos de poetas americanos Oh capitán, mi capitán, nuestro terrible viaje ha terminado , o casi, ya que otro anzuelo para la lectura de Un año en el otro mundo, es que el gran corresponsal coincidió durante su estancia en Nueva York, con un período muy interesante de la historia americana. El país se debatía entre su eterno aislamiento y la intervención en la lejana guerra europea, además Camba da fe de la abundancia de los negocios que a costa de del drama europeo viven una dorada bonanza.  Conviene tener en cuenta en cualquier caso, aparte  del aislacionismo tradicional de los americanos, el peso de la población alemana en dicha sociedad. El articulista  calcula que una cuarta parte del pueblo americano era alemán o de familia de aquel país, de ahí, la rémora que significaban estos compatriotas asimilados para Wilson, defensor de la intervención.


Se queja el Evening  post en el año 1916 de que si en lugar
de los fastidiosos libros, hubiese fonógrafos que reprodujesen
poesías o libros enteros, en América se leería sin duda más.


El escritor describe un ambiente vivido con mucho encono, con las manifestaciones y las dos posturas que abiertamente enfrentadas, dividieron a la sociedad.El candidato y Presidente Wilson denuesta  a los oriundos germanos con el calificativo de hyphenated, por su condición de germano- americanos,separados por un guión:hyphen.  En esta guerra, vociferaba un Presidente y candidato que era tenido por intelectual, los hyphenated se debían decantar por ser americanos o alemanes. No había sido suficiente motivo para la intervención en una sociedad  escindida, que se hundiese el Lusitania ( que también cargaba con material bélico) o que Alemania violase la confianza al prestar el cable de la embajada americana en una legación europea, para sus comunicaciones transoceánicas- recordemos que la Royal Navy cortó el cable telegráfico transoceánico alemán y utilizaron con la deferencia de los inocentes gringos dicha embajada para transmitir el ominoso telegrama Zimmerman, donde los alemanes se comprometían a prestar respaldo a una rebelión mejicana contra los estadounidenses– El Presidente americano, tuvo que agitar con sus encendidos arreboles la conciencia nacional de los americanos.     Otro encanto del libro es que seguiremos de la mano de un gran periodista, aquella campaña de 1916, que sembró el legado para una política exterior americana diferente y que hemos apreciado desde entonces, con episodios intermitentes de laconismo. 

Esperamos sinceramente, que esta publicación como decía Gertrude Stein no sea "inaccrochable", palabro con el que castigaba a su amigo Hemingway, cuando juzgaba aquellos relatos que consideraba impublicables. Creímos de justicia sacar del baúl de los olvidos a Don Julio Camba. En él se transfunde la literatura, más bien en sus artículos- con el periodismo. Su estilo rechinará más en el lector contemporáneo, pues hablar de temas serios y que te asalten a la vez mil y unas figuras retóricas, sobre las que brincan a su vez, voces y palabras musicales, debe resultar extraño cuando menos. Hay pocas figuras y parangones modernos para Don Julio, dado que la vieja estirpe del periodista literato hace mucho tiempo que pasó de moda. Raúl del Pozo firma alguna que otra crítica con dignidad y sobre todo el desaparecido Francisco Umbral, grande, grande, grande, son y fueron los últimos cantos de cisne de un periodismo hecho arte.   


Amarradero de vanas esperanzas, que se vislumbra en Ellis






2 comentarios:

  1. Tengo la impresión de que la prosa desgarradora se gesta sólo en el barrizal de la vida, es decir surge de la sangre, el sudor o las lágrimas. Walt Whitman es un caso rotundo. Julio Camba, de mi tierra, cosmopolita literario y hombre muy inteligente. Nunca entenderé porque se le resistían los idiomas.
    Te felicito por tu habilidad para manejarte entre tantas referencias. En verdad que tienes una mente prodigiosa.
    Un abrazo y comparto.

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    1. Muchas gracias,sabes de sobra que me encanta tu prosa y disfruto mucho de tus entradas.Has sido un gran descubrimiento,de hecho he pensado alguna vez que es una lástima no poder bajar las entradas en pdf.Por si alguna vez las quieres releer y consultar.Por cierto,Whitman fue uno de mis héroes de adolescencia gracias quizá a la famosa película de Peter Weir El club de los poetas muertos.Por supuesto junto a TS Elliot que renunció a su profesión de banquero en la City por profesar el arte de Safo.De Camba,recuerdo una polémica agria con una amiga,que me dijo que no entendía mi fascinación por este escritor,que era un machista redomado.Yo le repuse que no me gustaba descontextualizar autores de su época,que tenía "arcaismos" evidentes,sobre todo en relación con la mujer que nos rechina a todos,pero que con todo,era un gran prosista y un pensador muy original.Un abrazo y gracias de nuevo.

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