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Mostrando entradas de mayo, 2017

Rulfo y el tío Celerino

- ¡ Qué te peguen un tiro por la espalda! - A un joven pudoroso como Juan, las admoniciones flamígeras de los mayores, se le habían grabado en la mente. Una abuela que tras unas ranuras llorosas gemía maldiciones que hurgaban muy profundo en el espíritu del joven, que por aquellas fechas tenía muchos rasguños, para ser inmaculado.  Entonces el pequeño de la familia se alejaba con pisadas inseguras,  vaporosas para la calima de Apulco. Parajes incendiados, llenos de barranqueras  sacadas de los avernos de Dante, y que para Harold Bloom, el  crítico omnipresente,  son un protagonista más y el espinazo de la narración de Juan Rulfo, en el archiconocido prontuario de cuentos Llano en llamas (1). Pero sería adelantarnos en el tiempo, porque el hombre que había retornado de Ciudad de Méjico,  reconoció que el miedo había alentado de forma sincera las palabras de la vieja, que lacayuna imploraba para que su nieto jamás se confiase y guardase sus espaldas- ¡Tu abuelo y tu padre no se pudieron…

Amadeo de Saboya, un rey efímero

Bamboleado por el traqueteo del tren, el Duque de Aosta no terminaba de dar crédito a la noticia. Su máximo valedor había sido objeto de un atentado, perpetrado impunemente por más de una docena de tipos, en una tarde gélida. Dicen que el reloj marcaba las siete y media pasadas de la fatídica tarde, ya gobernada por la penumbra, y  el coche de caballos se dirigía al Ministerio de la Guerra. Una emboscada pergeñada en pleno Madrid, con nocturnidad y alevosía,  ya que cortaron las posibles vías de escape en la Calle del Turco a la berlina del líder político del momento. No obstante, no le dieron muerte enseguida, sino que el General Prim se debatió por su existencia y tras una lenta agonía de tres días,falleció el 30 de diciembre de 1870. Se supone y decimos bien que la septicimia acabó con la vida del ilustre espadón de los liberales progresistas, pero todavía hay instalada una controversia respecto al motivo de su deceso. Algunos expertos sospechan que ésta fue causada en parte por un…

Arletty, en un París Ocupado.

Y los párpados de la diva se cerraron como la cantilena del tango, a la vez que parloteaba conmovida con el famoso actor y dramaturgo, Sacha Guitry. Léonie Marie Julie Bathiat, más conocida como Arletty vagaba en un éter impreciso ¿Pero habría muerto en vida? Se palpó sus mejillas que se habían tornado completamente albas. Ni siquiera el champán resucitaba sus párpados alicaídos. Lo supo, en cuanto los Aliados hollaron tierras normandas(1). ¡ Problemas, problemas, y más problemas! Los tambores lejanos de la guerra ahora resonaban a pocos kilómetros de un París, que había vivido en un remanso de paz hasta entonces. – Nos van a depurar, querido amigo. -          - ¿Qué hemos hecho? -          - ¿Te parece poco? – Preguntó acongojada Arletty. -         -  No hemos hecho más que vivir. - Repuso convencido Guitry.- Quizá nos picase la curiosidad, que en muchas ocasiones es insana y más en esta ocasión. Un tipo raro ese Goering. -         -  Y extravagante. Pero querido, tenemos que andar con c…

Un cambio de papeles

La luz del foco hirió sus pupilas.- Confiese, tenemos un testimonio en contra suya.- El oficial le colocó un cigarrillo en los labios tumefactos. Tenía el cuerpo arrugado; el monigote que se sentaba como un helado derretido en la silla, seguía sin entender la lluvia de golpes que había arreciado sobre su rostro. - No tenemos prisa, dentro de poco volverá mi compañero a relevarme. - Y el gendarme se regodeó y fraseó deliberadamente sílaba por sílaba, que escupió con desdén de sus labios gordezuelos  - ¿Sabe lo que daría por un café en sus circunstancias? Calentito para espantar el mal cuerpo.
- ¿Qué? - Barbotó la masa informe. - Me pongo en su lugar y doce horas de interrogatorio. Confiese, se sentirá mejor.- A veces, pensó el oficial si no les instilasen un odio acerbo hacia el enemigo, se difuminaría enseguida la hiel. ¿Qué podría hacer aquel guiñapo? Desvió su atención a los nudillos quemados por colillas, y expelió el humo de su cigarro en la cara del interrogado.- No le apetece fu…

Un patriotismo ciego

Fumarolas en medio de un paisaje lunar con hedor a carne chamuscada. El cabo se mueve agazapado en los roquedales, que se entremezclan con un campo agreste y sumido en greda. Sigue avanzando para llevar el mensaje entre las trincheras erizadas de espinos, pero en un momento llega un silbido, y luego un silencio que lo invade todo. Hasta el tiempo se detiene, y por las esporas que bufan del engendro, comienza a salir el gas traidor. Él que se había tumbado en la hondonada, con el pulso agitado, nota cómo sus ojos comienzan a llorar de manera incontrolada.- ¡Mierda, mostaza! - Proyecta conjuntamente con su maldición un escupitajo. El cabo está desolado. Cada vez le cuesta más respirar, se ahoga y pierde el conocimiento. Antes de que se ponga la máscara antigás, ha absorbido algo de aquella mezcla deletérea. Se lo había recalcado su capitán, en cuanto tuviesen el más leve barrunto de que les gaseaban, tenían que echar mano de la máscara. Por un instante, se acuerda de su misión y cómo ha…

Sueños de un seductor

Suaves frazadas y el cuerpo amado disipando cualquier percepción hasta que escarchado  por el rocío de nuestras inseguridades, concluye el sueño en una cama que amanece solitaria; ver caer blandamente el objeto de deseo mañana tras mañana, ¡ qué frustración! Pero qué debería hacer un tipo más que corriente, con aires de ratón de biblioteca, para llamar la atención de la mujer que ama o mejor dicho, que alimenta toda clase de fantasías eróticas ¿Le bastaría con tocar por ejemplo el clarinete? Nuestro protagonista Allan Stewart Könisberg sin embargo, un buen judío,  tiene al pecado y al sexo como sustratos indisolubles de su mente.  Disculpen por si no han caído, antes de seguir, ¿no sabemos si les suena este nombre? Hablamos por supuesto del irrepetible Woody Allen, que  suficiente tenía con contener una verborrea y unas neurosis, que si desempolvaba se convertían en un potente chorro de palabras, que empeorarían las cosas. Una especie de Caja de Pandora para sus citas. A fin subsanar …

Buñuel en República confidencial

Con un dry Martini se le soltaba la lengua. Pues eso, un inspirado Luis Buñuel contaba en su libro de memorias, Mi último suspiro, que la gran París, grisalla de los artistas de orígenes más diversos, se había convertido en un polvorín en la década de los treinta. De todas formas siempre fue una urbe pródiga en violencia, sobre todo para unos ojos más acostumbrados a las sutilezas de los hombres que guardan las apariencias y no resuelven sus odios, sin embozos. No en vano, en una de sus primeras incursiones en la noche de la capital francesa, el de Calanda  todavía ebrio por los contornos vaporosos de sus bulevares,  recordaba cómo a su amable anfitrión en una cena, se le demudó inopinadamente el rostro. Y sin mediar palabra, salió disparado al otro extremo del restaurante, para abofetear a un desgraciado. Cuando retornó a la mesa, le habló de la insolencia de aquel tipo narigudo.- ¡Tenemos un verdadero problema judío! - Era la primera vez que escuchaba algo a la sazón.

- ¿Pero usted …